domingo, 8 de febrero de 2004

El síndrome de Procusto

Fuente de la imagen: mvc archivo propio
La raíz del síndrome de Procusto se encuentra en la mitología griega, donde el bandido Damastes, apodado Procusto, obligaba a los viajeros a tumbarse en un lecho de hierro; si el invitado era más alto, le serraba las extremidades sobrantes, y si era más bajo, lo descoyuntaba a golpes para estirarlo hasta la medida exacta (Higinio[1], 1960; Diodoro, 1989[2]). En la psicología contemporánea y en la dinámica de las organizaciones, este mito se convierte en metáfora de la intolerancia a la excelencia ajena y de la resistencia hostil hacia quien sobresale por encima de la media. Quien padece este síndrome[3] experimenta el talento, la creatividad o el éxito de los demás como una amenaza directa a su propia seguridad y estatus. Esta patología del comportamiento se manifiesta a través de un deseo casi obsesivo de uniformidad, donde la persona intenta "cortar" las alas de quienes demuestran capacidades superiores, utilizando la crítica destructiva, el boicot silencioso o la exclusión deliberada. Es el triunfo de la mediocridad autoimpuesta: una lucha interna donde el miedo a ser superado eclipsa cualquier posibilidad de aprendizaje o admiración, convirtiendo el entorno social en un terreno estéril donde el brillo individual es visto como un defecto que debe ser corregido para no evidenciar las carencias propias.

Las consecuencias son devastadoras para la salud emocional de las víctimas y la vitalidad de cualquier institución o equipo humano. Cuando un líder o una persona del equipo actúa bajo los efectos de este síndrome, se genera un clima de terror intelectual y conformismo donde el pensamiento crítico y la innovación son penalizados sistemáticamente. El talento, al sentirse asfixiado y no encontrar espacio para su expansión natural, termina por marchitarse o, en el mejor de los casos, por emigrar hacia entornos más saludables, dejando atrás un residuo de estancamiento y resentimiento. En las organizaciones, esto se traduce en una pérdida irreparable de capital humano y en la toma de decisiones ineficientes, ya que se prefiere rodearse de perfiles sumisos o menos brillantes que no cuestionen el "lecho" establecido. Para combatir esta tendencia, es básico fomentar una cultura de seguridad psicológica donde la vulnerabilidad no se perciba como debilidad y donde el éxito ajeno sea celebrado como un motor de crecimiento compartido. Reconocer nuestras propias inseguridades frente al brillo de los demás es el primer paso para desmantelar ese lecho de hierro imaginario y entender que la verdadera grandeza reside en permitir que cada persona alcance su máxima estatura sin miedo a represalias.
________________
[1] Hyginus, Gaius Julius (1960). Grant, Mary (ed.). Fabulae from The Myths of Hyginus. University of Kansas Publications in Humanistic Studies.
[2] Diodorus Siculus (1989). The Library of History. Loeb Classical Library. Vol. 3. Translated by Oldfather, Charles Henry (Reprint ed.). Cambridge, MA: Harvard University Press.
[3] A menudo desde una posición de poder o dentro de un grupo altamente competitivo.